Desde la loma se ve venir la tormenta como se ve venir un camión por la carretera recta, despacio, real, sin prisa por llegar.
El cielo al oeste se pone del color de un moretón viejo. Las hormigas suben en fila por la pared de la cocina, cargando sus huevos blancos como quien se muda de casa antes de que alguien le avise.
Dejé la ventana abierta a propósito. No por el calor. Por saber el momento exacto en que el aire cambia de olor, cuando la tierra seca empieza a sudar antes de que caiga la primera gota.
Cuento los segundos entre el relámpago y el trueno, como me enseñó mi padre, uno, dos, tres, para saber cuántos kilómetros faltan. Hoy cuento siete. Ayer contaba nueve.
Así te espero a ti. Con el plato tapado con un paño para que no se enfríe, con la muñeca que se me rompió a los doce avisándome del cambio de presión antes que el radio, con el perro dando vueltas en el patio sin saber todavía por qué tiene miedo.
No pongo música. Dejo la puerta sin seguro. Me siento en el último escalón, los pies descalzos sobre el cemento que aún guarda el calor del día, y espero que el cielo, que lleva horas acumulando agua, se decida por fin a soltarla toda, igual que vas a decidirte tú, en algún momento, a cruzar la puerta sin tocar.
Leave a reading
Readings are written by members — free, and the poem stays right here while you write.
Sign in to leave a readingNew here? Create an account — it takes a minute.