Lo que dura el azul
EstrellaA las cinco y media el cielo todavía no decide si es noche o promesa, y tú ya buscas el calcetín que se escondió bajo la cama, como si el colchón quisiera guardarte un rato más.
Cuento los minutos en el vapor de la taza: se enfría más rápido que de costumbre, o eso parece, cuando cada sorbo es uno menos para que te quedes.
La luz entra despacio por la persiana, franjas grises que suben de tono, del plomo al peltre, del peltre casi blanco, como si alguien, afuera, girara muy lento la perilla de una lámpara.
Te abrochas la camisa sin encender el techo, por tacto, por costumbre, por no mirarme mientras cuentas los botones. Yo finjo dormir el último minuto, los ojos entornados, para no ver el momento exacto en que decides que ya es hora.
Las llaves suenan distinto a esta hora, más secas, más de metal, y el portazo que dejas, pequeño, sigue vibrando un poco en el marco después de que ya no estás.
Afuera, el cielo termina de decidirse; amanece. Pero aquí, entre las sábanas, todavía dura la temperatura de tu espalda, y eso, por ahora, también es una forma de luz.