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Siete segundos

Estrella

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Desde la loma se ve venir la tormenta como se ve venir un camión por la carretera recta, despacio, real, sin prisa por llegar.

El cielo al oeste se pone del color de un moretón viejo. Las hormigas suben en fila por la pared de la cocina, cargando sus huevos blancos como quien se muda de casa antes de que alguien le avise.

Dejé la ventana abierta a propósito. No por el calor. Por saber el momento exacto en que el aire cambia de olor, cuando la tierra seca empieza a sudar antes de que caiga la primera gota.

Cuento los segundos entre el relámpago y el trueno, como me enseñó mi padre, uno, dos, tres, para saber cuántos kilómetros faltan. Hoy cuento siete. Ayer contaba nueve.

Así te espero a ti. Con el plato tapado con un paño para que no se enfríe, con la muñeca que se me rompió a los doce avisándome del cambio de presión antes que el radio, con el perro dando vueltas en el patio sin saber todavía por qué tiene miedo.

No pongo música. Dejo la puerta sin seguro. Me siento en el último escalón, los pies descalzos sobre el cemento que aún guarda el calor del día, y espero que el cielo, que lleva horas acumulando agua, se decida por fin a soltarla toda, igual que vas a decidirte tú, en algún momento, a cruzar la puerta sin tocar.

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Up nextDonde el agua te nombraBajo al agua negra como quien agacha la cabeza para que la besen en la nuca, y la marea tiene la forma exacta de tus costillas cuando duermes de lado. Hay fosforescencia verde donde antes tenías las pecas del hombro, un enjambre de luces diminutas que solo se encienden si las toco. La sal se me queda entre los dientes igual que se te quedaba el sueño, espesa, dulce de un modo que no sabría explicarle a nadie que no haya nadado de noche. El oleaje me empuja la espalda como tú empujabas la puerta del cuarto sin golpear, seguro de que iba a dejarte entrar. Dejo que la corriente me quite las sandalias, una y después la otra, dejo que me quite el nombre con el que llegué a la orilla. En algún punto el agua deja de ser agua y es tu mano abierta debajo de mí, ancha, tibia a pesar del frío de octubre, y entonces bajo los brazos, dejo caer la cabeza hacia atrás, y el mar me cierra la boca como quien no quiere que una conversación termine en pelea. No muevo las piernas. Dejo que floten, ajenas, como si fueran de otra persona. Hay una barca volcada a lo lejos que nadie viene a buscar todavía y hay algas que se me enredan en el tobillo con la misma paciencia con que tú me enredabas el pelo mientras mirábamos el techo sin hablar. Trago agua como quien traga una verdad que ya sabía. Me hundo despacio, de espaldas, con los ojos abiertos, y arriba la luna hace exactamente lo que hacía tu lámpara de noche, un círculo pálido que no alcanza a iluminar nada pero que alguien deja prendido para que yo no tenga miedo de volver a casa.